-¡¿Qué ha sucedido que???!! – preguntó como histérico Mikaru cuando Satoshi, al llegar al departamento le dio la noticia, sin importarle siquiera su herida se levantó dirigiéndose hacia la sala, seguramente a buscar sus llaves de su auto.
-¡Espera Mikaru! ¿Qué estás haciendo?
-Voy a buscar a Kenji
- ¿Eres idiota? ¡No puedes salir en ese estado mírate como sangra eso!
- No me importa…es solo dolor superficial – a metros podía notarse que estaba sufriendo y la herida continuaba sangrando ya que era reciente y profunda.
- Tú no vas a ninguna parte – se puso firme y tomó a Mikaru cargándolo para llevarlo a la cama de nuevo
- Tú sabes muy bien lo que le hacen en la cárcel a los chicos como Kenji, ¿Y si en la celda de detención lo encerraron con alguien más? ¡Bájame! – se tocó la herida con un gesto de dolor
-No lo haré, te quedarás en cama recostado porque sino vas a hacerte daño. Y si no me obedeces te amarraré
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-¡No pienso decirte nada! ¡Ah! ¡No toques ahí! – exclamó asustado pero a la vez sintiendo algo de placer al sentir la mano de aquel hombre dentro de su pantalón.
-¿Por qué no? Y hasta estas necesitado ya lo tienes duro – movió un poco su mano a pesar de que el chico se negaba – No voy a parar solo porque me lo digas y tú lo sabes…ahora solo tienes que decirme quienes eran tus amiguitos, los registraremos como prófugos y los buscaremos hasta encontrarlos – una sonrisa nuevamente
Iori miró hacia un lado reprimiendo un gemido que amenazaba con salir, cerró sus ojos suspirando sin hacer mucho ruido. ¿A cuantos más les haría esta clase de cosas?
-¿Sabes para que sirven esos barrotes en tu ventana? – le preguntó de repente mirando hacia la ventana a la derecha encima de ellos - ¿Quieres que te muestre? – preguntaba mientras levantaba por las cadenas de las esposas al asustado chico, lo colocó contra la pared ubicándose detrás; tomó la llave de las esposas y rápidamente pasó una de ellas por dos barrotes volviendo a entrarla para volver a apresarle la muñeca al chico dejándolo esposado de rodillas mirando la pared.
-¡Suéltame! ¡Por favor! – tiraba inútilmente de las cadenas para soltarse, el oficial metió su mano por debajo de la ropa del chico tomando entre sus dedos el piercing que este tenía en su ombligo, lo tiró suavemente pero lo suficiente como para hacerle doler – E-espera…te lo diré…- agachó su cabeza quejándose de dolor ya que el hombre parecía insistir con querer arrancárselo - ¡Detente ya! ¡Te dije que te lo diría!
- Vaya…te has puesto dócil de repente, eso no me gusta – dijo esto último al oído del chico – Pero ya que te rendiste…no tengo otra opción que escucharte – le soltó el piercing, acarició el abdomen suavemente haciendo estremecer al castaño – Pero si descubro que me mientes vas a arrepentirte
-N-no voy a mentirte – reprimió otro gemido, las caricia de ese hombre siempre y cuando lo tratara bien no le parecían desagradables. Dijo dos nombres al azar, claro de gente a la que conocía y detestaba algo. Iba en contra de sus principios delatar a sus amigos.
-¿No estás mintiéndome? – preguntó el policía más para hacerlo dudar a ver si caía en la trampa que porque no le creía. Volvió a tomarle aquel pequeño objeto de acero.
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-¡Desátame Satoshi! – gritaba como un poseso ya que su amigo había cumplido con su palabra gracias a su terquedad por ir a buscar al pequeño en ese estado
- Te dije que lo haría, ahora no te esfuerces mucho porque terminarás descosiéndote como muñeca de trapo
-¡Ya te dije que no me importa! – continuaba esforzándose por liberarse a como diera lugar – Debo cuidar a Kenji
-¡Oye! ¡Oye! ¡Cálmate ya! – se sentó sobre el pecho de Mikaru y le tomó el rostro con ambas manos para que lo mirara - ¿Qué edad tiene Kenji? – preguntó entre nervioso y enfadado
- Dieciséis
- Kenji es un menor de edad, mira la hora que es – tomó el reloj despertador que estaba sobre la mesita de luz con una mano poniéndoselo enfrente de los ojos – ¿La ves? ¡Mírala! Han pasado cinco horas desde que lo arrestaron, ya debe estar en casa sano y salvo así que deja de hacerte mal antes de que tenga que volver a llevarte a la casa de Hizaki – más que su amigo parecía su padre en ese momento.
El rubio lo miró sorprendido, agitado. Relajó sus manos y bajó la mirada un poco. -¿Tu lo crees? – preguntó luego de recuperar un poco el ritmo normal de la respiración
-Si, lo creo.
-¿Puedes ir a su casa? Necesito saber que está bien
-Mikaru…luego de lo que ha pasado ninguno de los dos va a volver a ser bienvenido a esa casa
-Pero entra por la ventana de su habitación, yo te explico como lo haces pero primero déjame respirar bien
-Oh lo siento – se quitó de encima para acomodarse a su lado
- Al doblar la esquina hay un jardín, justo encima verás una ventana que tiene a un lado una escalera para incendios, esa es la de su habitación. Por lo general la ventana siempre está abierta, subes la escalera de incendios y te infiltras en su habitación, la cama está justo al lado de la ventana así que ni siquiera daño te harás. Kenji tiene reacciones extrañas cuando alguien entra por su ventana así que si se pone a gritar le cubres la boca.
-…Entendido. ¿Puedo usar tu auto? El mío apenas llegó aquí luego de haber chocado en la persecución.
-Úsalo
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-No, no estoy mintiendo…duele…- se quejó ante el dolor que sentía al ser su piel jalada de esa manera.
- Creo que es la primera vez que cedes así de rápido, esto fue aburrido sin embargo te contaré un secreto – aún hablaba al oído del castaño, le mordió ligeramente el lóbulo de la oreja – Si te acuso de cómplice no van a mandarte a juicio esta vez, sería una pena que ya no nos viéramos…así que serás libre hasta que yo te lo permita – le besó el cuello con algo de violencia. Lo liberó dejándolo tumbado contra la cama, le besó la mejilla – Nos vemos…- dijo antes de caminar hacia la puerta y cerrarla.
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Caminó desesperado por su habitación, tenía hambre pero si bajaba a comer seguramente sus padres continuarían regañándolo. Hacía horas que no comía, su estómago rugía y hasta se sintió desmayarse. Finalmente, como el estómago suele ser más fuerte que la mente en esos casos bajó a la cocina con cautela, sus dos padres estaban en la cocina, su madre horneaba galletas y su padre leía el periódico sentado a la mesa.
Buscó leche en el refrigerador y la sirvió en un vaso, buscó pan, un poco de queso. Se sentó a la mesa en silencio, la atmósfera era muy tensa.
-Lo siento….- y ese par de palabras fueron el disparador de miles de frases juntas, regaños, reproches.
- Ahora deberías estudiar en vez de andar jugando ese tipo de juegos, espero te sirva como lección – le regañaba la madre mientras sacaba las galletas del horno
- Mi único hijo…jamás pensé que iba a verlo como un delincuente – decía su padre como para sí mismo mientras pasaba una página.
-¡Bueno ya estuvo! – gritó de repente enfadado , jamás había tenido las agallas para dirigirse así a sus padres pero esta vez lo habían hartado – Se que me equivoqué en parte, se que me fue mal, se que me sucedió algo malo pero tampoco es la muerte.
Su madre se acercó a él y le golpeó en la mejilla, - Jamás vuelvas a dirigirte así a nosotros – le dijo en tono autoritario. Kenji solo se tomó la mejilla y salió de la cocina enfadadísimo de nuevo a su habitación, hasta el hambre se le había ido de repente.
Al abrir la puerta vio el momento justo en que Satoshi entraba por la ventana de su habitación. Cerró la puerta con seguro y se dirigió a él.
-¿Y tú que vienes a hacer aquí?- le preguntó de mal talante
-Mikaru estaba preocupado por ti y
-¡Pues no me interesa! – gritó, el enfado que traía no era bueno para la situación - ¡No quiero saber nada más de ti ni de tu amigo!
- ¡Oye a mí no me grites así! Se que tengo la culpa pero no me grites
- ¡Vete de aquí! – empujó a Satoshi hasta que cayera en la cama luego intentando hacer que se vaya por donde había entrado
-Espera niño, tú a mí no puedes echarme así además de que Mikaru está muy preocupado por ti, ya lo decidí tú vienes conmigo. Lo tomó de la cintura arrastrándose el trecho pequeño que quedaba hasta la ventana.
-Si no me sueltas voy a gritar muy fuerte – amenazó mirándolo desafiante
- Oh vaya amenaza – se burló Satoshi, sacó un pañuelo que llevaba en su bolsillo – Y si tu gritas te amordazo
- Inténtalo – pellizcó en la mano a Satoshi que por reflejo lo soltó, corrió rápidamente luego de quitar el seguro de la puerta hacia el pasillo, el pelinegro corrió detrás de él atrapándolo casi llegando a las escaleras, le tapó la boca con su mano para evitar que hiciera ruido volviéndose a la habitación del chico en donde en una fracción de segundo lo amordazó. Lo cargó tomándolo de la cintura y sosteniéndose con una mano se dispuso a bajar por la escalera de incendios.
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